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Medio eclipse de sol

 

Hace ya unos cuantos días, cuando llamé a mi padre por teléfono con objeto de mantener nuestra conversación diaria y contribuir así a ejercitar sus capacidades, mermadas por el alzhéimer, estaba sentado bajo el tilo de su jardín.

Es un lugar que identifico sin problemas y que puedo recrear mentalmente en muchos sentidos. A veces pasamos largos ratos sentados juntos bajo el árbol. En aquel momento él estaba contemplando el cielo desde donde estaba y me contó que justo estaba observando medio eclipse de sol.

¡Qué poético y sugerente! Nunca había oído hablar de medio eclipse. De uno parcial sí, pero medio me pareció mucho más divertido e interesante.

No supe en realidad a qué se refería exactamente así que preferí escuchar. Tuve la impresión de que tal vez había transformado el eclipse de luna que había tenido lugar unos días antes, en un medio de sol. O tal vez no, y había integrado medios datos sobre un anunciado y próximo eclipse total de sol, visible sólo en Estados Unidos, y por eso sólo tenía en mente medio eclipse.

Sus explicaciones sobre él fueron muy confusas. Creo que trataba de explicarme algo relacionado con los eclipses en general. Algo sobre “los dos” que lo provocaban, como si se estuviera refiriendo al sol y al objeto (la luna) que se interpone entre él y la tierra, produciendo un transitorio apagón solar.

De pronto me dijo:

– Lo que produce sombra está ahí. Mmmmm … Una especie de… mmmmmm… una especie de cubo con una casita encima… No sé…

Tengo la impresión de que cuando dice: “No sé” (con tono dubitativo), es que tiene dificultades para seguir, por motivos que pueden ser diferentes.

Pensé que posiblemente el cubo con la casita encima debía corresponderse con la silueta de alguno de los edificios que ve a lo lejos sentado bajo el tilo, pero no sé realmente a qué se refería.

Su explicación me volvió a parecer poética y sugerente. Me hizo pensar en el Pequeño Príncipe de Saint-Exupéry e imaginé un planeta cúbico con una casita encima produciendo medios eclipses de sol, periódicamente.

Atender sus explicaciones no cuesta. Lo que resulta difícil es intentar racionalizar este tipo de conversaciones y además creo que no tiene ningún sentido. ¿De qué sirve tratar de convencerle de que no hay ningún eclipse si él lo ve, aunque sólo sea medio? ¿de qué sirve explicarle que es la luna y no un cubo con casita la que produce eclipses?

Resulta más fácil y creo que también más estimulante invitarle a seguir hablando y a describir o contar lo que intenta, ayudándole con alguna palabra, aunque le cueste, y a escuchar con paciencia sus explicaciones, que suelen ser lentas, reforzándolas con frases sencillas como ésta:

– ¡Qué suerte tienes de estar viendo medio eclipse! Desde mi casa ya no puedo ver el sol, se ha escondido tras el promontorio que ocupa la casa del vecino. Los eclipses son fenómenos muy interesantes. A mí me gustan mucho. (Contesta que a él también)

No recuerdo cómo siguió la conversación, pero sé que saltamos a otro tema en cuanto fue posible. A veces sólo se trata de efectuar una maniobra suave de cambio de dirección.

Oye, mientras tú estabas ahora disfrutando del eclipse, ¿sabes qué estaba haciendo yo?

– No, ni idea.

Pues estaba atando las tomateras del huerto con unas fibras vegetales que compré el otro día yendo contigo.

– ¿Conmigo?

Si, no sé si te acordarás de que hace ya unos días fuimos a comprar verduras y estuvimos sentados un buen rato bajo un roble.

– ¿Un roble?

Sí, un roble al lado de una balsa con peces

– ¡Ah sí, ya me acuerdo! Me gusta mucho ese sitio. ¿Tu has estado alguna vez allí?

Si sí, el otro día compré allí unas fibras vegetales.

– ¿Fibras vegetales?

Sí, no sabría decirte qué tipo de fibras, hay muchas diferentes. Todas están hechas con plantas, como la pita, el yute o la rafia. Son ideales para atar las tomateras porque son biodegradables a diferencia de los plásticos.

Sí, puede ser.

Esta última frase también la usa con frecuencia. Admite como una posibilidad que lo que le cuento pueda ser cierto, pero sólo como posibilidad. En este caso no dice: ¡Hombre, eso no lo sabía yo!, cosa que hace en otras ocasiones, como ya he contado. No sé de qué depende, pero tengo la impresión de que cuando exclama esta última frase lo hace con sorpresa y curiosidad y ganas de saber incluso más cosas y lo cierto es que no todos los temas le suscitan el mismo interés. En este caso reconozco que el eclipse era más interesante que mis fibras vegetales, pero el intento de efectuar una maniobra suave de cambio de dirección me llevó a ellas sin habérmelo propuesto.

De las fibras saltamos al plástico. Le expliqué que tiempo atrás había usado cordeles de plástico para atar las tomateras hasta que alguien entendido me hizo una reflexión y me sugirió que no lo volviera a emplear. No es biodegradable y hay que retirarlo manualmente de las matas cuando éstas mueren a finales de verano para evitar que caiga al suelo y se mezcle con la tierra.

O sea que el plástico es biodegradable?

– No, no, lo contrario. El plástico no se degrada y cada año se recogen toneladas de plásticos de los mares de todo el planeta, a donde han ido a parar como residuos.

– ¡Hombre eso no lo sabia yo!

Su frase denotó su interés de forma inequívoca. Aproveché y seguí proporcionándole toda la información que se me ocurrió en relación con el problema que representan para el planeta los residuos plásticos que genera el hombre. La conversación fluyó a mejor ritmo que minutos atrás cuando empezamos con el medio eclipse.

Y pocos minutos después me contó que se había enterado de que en una playa de aquí cerca tenían problemas a causa de los muchos plásticos acumulados y no se podían ni bañar de la cantidad de botellas y eso que se habían acumulado en … en… en…

– ¿En el mar?, le ayudé a completar.

Puso en juego una inteligente maniobra: se apropió de informaciones que yo le acababa de proporcionar, las transformó creativamente (probablemente las mezcló con otras cosas) y las hizo emerger al cabo de muy poco en la conversación, participando así en ella con mucho sentido. Además, atribuyó lo que sabía a que lo había leído en algún sitio. Probablemente en el periódico. Lo lee cada día. Lo hace en más de una ocasión porque a menudo no se acuerda de que ya lo ha estado leyendo u hojeando. También por el hecho de que cada vez le resultan más incomprensibles las noticias que en él aparecen. Últimamente, me lo comenta a menudo:

– Oye llega un momento en que yo me pierdo con lo que pone el periódico.

– ¡No me extraña! le digo. ¡No hay quien entienda cómo funciona el mundo! En general está el panorama muy loco, aquí y en todas partes. Y manifiesta estar completamente de acuerdo conmigo.

No era la primera vez que ponía en juego dicha maniobra, ni la primera vez que yo me daba cuenta. Pero sí es la primera vez que yo estuve reflexionando sobre ella. Podía convertirse en una posible estrategia a poner en práctica por mi parte ahora que había trascendido el terreno de las observaciones inconscientes.

Cuando más datos recientes tenga sobre un tema que sea objeto de conversación entre nosotros, más podrá intervenir él, aportando la misma información (transformada) que se le acaba de proporcionar. Se trata por tanto de proporcionarle datos, entendibles y sencillos que él pueda manejar y recordar en el transcurso del rato que dura la conversación por teléfono. Así él se siente protagonista porque también aporta datos interesantes a la conversación. Suelen ser bastante originales.

Encuentro poéticas sus transformaciones y también sugerentes, creativas y divertidas. Cada vez estoy más convencida de que el cerebro de los enfermos de alzhéimer se resiste a la desintegración y sigue buscando caminos alternativos para ejercer las funciones que siempre ha llevado a cabo.

Me parece admirable. A un cerebro que se resiste (el suyo) pienso que hay que seguir proporcionándole todos los estímulos que sea posible. Y esto, para mi cerebro, es un reto fascinante.

 

Bajo el roble, “a lo Thoreau”

La autonomía de los enfermos de alzhéimer, como mi padre, decrece inexorablemente. Es un problema que repercute en la persona que lo cuida y acaba exigiendo de ella una atención de 24 horas al día sin interrupción.

Los que no somos cuidadores, sino acompañantes ocasionales habituales, como es mi caso, podemos ejercer un papel diferente al de las personas que además de intentar cuidarse a sí mismas, los cuidan a ellos durante todo el día.

Una de las cosas que yo me planteo es aprovechar el tiempo que paso con mi padre para hacer lo que yo llamo actividades conjuntas. El concepto es bien sencillo: en vez de salir a pasearlo, salgo de paseo con él. En vez de sentarlo bajo el roble, nos sentamos los dos juntos, y pasamos el rato “a lo Thoreau”.

La diferencia puede parecer sutil, pero es substancial. Se trata de compartir en todos los sentidos estos ratos en los que podemos estar juntos.

Hace unos días oí una referencia a un destacado escritor americano del siglo XIX: Henry David Thoreau.  Reconozco que no lo conocía y que me hizo pensar en mi padre. Vivió de 1817 a 1862 y algunas de sus ideas son de una vigencia que resulta casi sorprendente. Me ha resultado sencillo encontrar información sobre él, y ya he empezado a leer uno de sus libros más conocidos: “Walden o la vida en los bosques.”

Si Thoreau me hizo pensar en mi padre fue porque escuché que reivindica el goce de las pequeñas cosas, los paseos por los bosques, por los prados, en contacto con la naturaleza y disfrutando de ella con todos los sentidos: de los colores, las formas, las texturas, las fragancias, los sonidos:  crujidos, revoloteos, brisas, vendavales, agua corriendo, etc.

Mi padre siempre ha disfrutado de estas cuestiones, y lo sigue haciendo, a pesar del alzhéimer. Es capaz de apreciar y valorar sencillas cosas que le aporta el contacto con la naturaleza. Ahora pienso que el artículo que titulé: “Los Montes”, constituye un buen ejemplo.

Thoreau ha sido ya objeto de atención en nuestras conversaciones diarias por teléfono, junto con otras cuestiones. Pero lo que quiero ahora contar se refiere a compartir momentos a “lo Thoreau” si se me permite la expresión. A compartir el goce por las sencillas cosas que ofrece un espacio natural.

A 10 minutos escasos en coche desde el domicilio familiar, hay un rincón que a mi padre le fascina. Pertenece a una finca de agricultores que cultiva verduras de temporada y las vende al detalle y también abastece algunos comercios y restaurantes de la zona. En el extremo de la finca hay un roble magnífico junto a una balsa habitada por peces de colores y un par de tortugas.

Bajo el roble, a la sombra, hay dos bancos de madera orientados hacia el mar. Éste se divisa ocupando todo el horizonte. La temperatura es magnífica. Sopla siempre una ligera brisa marina.

El interés familiar por los productos hortícolas frescos y la predisposición de mi padre para salir a pasear, aunque sea en coche, han propiciado que descubriéramos este rinconcito y ahora lo visitemos deliberadamente para disfrutar de él, “a lo Thoreau, tal como he comentado antes.

Mi padre se queda acomodado en el banco mientras yo voy hasta el cobertizo donde se adquieren las verduras recién traídas del campo. Me entretengo unos minutos con el propietario hablando del huerto y de la vida. Le digo que si no tiene inconveniente nos quedaremos un buen rato bajo el roble y también daremos a los peces un poco de pan seco que hemos traído. Nos invita a pasar tanto tiempo como nos apetezca y me cuenta lo mucho que él disfruta bajo el árbol.

Cuando vuelvo, mi padre está relajado y fascinado con la impresión que le causa el lugar.

“Oye, esto es fabuloso”, me dice.

“A mí también me lo parece”, le contesto

Tiene una ramita en su mano que ha ido rompiendo en trocitos. Me la enseña:

“Oye, ¡hasta esto es fabuloso!”

Le miro con una amplia sonrisa y asiento sin decir palabra. Capto lo que quiere decir. Se refiere al tacto de la ramita en su mano, al sonido que hace al partirla, a los trocitos desordenados que ahora tiene sobre la palma de la mano. El suelo está lleno de ellas y se ha agachado a recoger una. Hay también hojas, algunas bellotas y muchas piedras redondeadas.  Nos fijamos los dos en las pequeñas cosas que percibimos y hablamos sobre ellas. Las hojas, las ramas, la corteza del árbol, los pájaros que presumiblemente se posan en él, etc.

Introduzco a Thoreau en la conversación, le vuelvo a contar quien es, y lo que pienso que tenemos en común los tres. Le hablo de mis planes de leer alguno de sus libros y de compartir con él mis impresiones sobre la lectura. Rememoro con imprecisión alguna de las frases que he estado recopilando de él y comentamos su contenido. El espacio resulta idóneo:

Ahora las reproduzco con exactitud:

“Hay muchos que se van por las ramas, por uno que va directamente a la raíz”.       

El más rico es aquel cuyos placeres son los más baratos

                                                                                                             H.D. Thoreau

 Disfrutamos de la charla, de la vista, de la temperatura, de la brisa y del sonido del agua cayendo en la balsa, que a mí me transporta a los jardines del Generalife de Granada. Los visitamos hace muchos años y recuerdo que él fue quien me explicó sobre los ingenios que habían hecho los arquitectos árabes de los jardines para poder regar y hacer llegar el agua a todas partes, mediante acequias y otros sistemas. Presumo que él transita mentalmente por las afueras de su Málaga natal. El puerto se ve a lo lejos y comenta lo mucho que está cambiando el entorno.

Abandonamos la sombra del roble y seguimos disfrutando de los peces, sentados ambos en el muro de la balsa. Sólo con agitar el agua con las manos aparecen como por arte de magia. Los hay de todos los colores y alguno tiene un tamaño considerable. Nos sobresalta uno que mide un par de palmos y se lanza sobre un currusco de pan.

Decide probar a darles a comer de la mano. Se inclina, la introduce en el agua y espera que se acerquen a mordisquearle el pan que sujeta con los dedos, pero no tarda mucho en retirarla.  Lo hace cuando aparece una tortuga que también parece sentir interés por el pan y nada elegantemente buscando las migas que ambos hemos ido lanzando al agua.

 

 

Cuando nos marchamos, decidimos que volveremos en cuanto podamos a pasar un rato bajo el roble porque a los dos nos parece un sitio realmente fabuloso.

Miraguano accidentado

 

Hasta ahora no he contado, que hace ya días, mientras jugaba con mi particular contenedor de milanos de miraguano, que alberga en estos momentos un sistema dinámico, tuve un accidente con un fruto de miraguano.

Muchos días atrás había recolectado unos cuantos frutos con diversos objetivos.  Dejé tres de ellos en la cocina, lejos de los rayos del sol, porque tengo la impresión de que sin sol no se llegan a abrir y quería observar la evolución que seguían. Sabía de antemano que me exponía a una invasión casera de milanos en cualquier momento, pero después de hacer un pacto conmigo misma decidí que valía la pena correr el riesgo.

Coloqué los frutos encima de una corteza de corcho a la que doy diferentes usos y la puse sobre unos recipientes destinados a recoger envases y papel para reciclar. Durante unos días todo fue perfecto y a pesar del movimiento a que sometía la corteza, al usar los contenedores, los frutos seguían intactos. Sin embargo, el impacto de una pieza metálica sobre uno de ellos a raíz de una caída accidental, hizo que éste se abriera súbitamente.


Me pareció absolutamente fascinante la forma en que las semillas empezaron a desprenderse y llegué a tiempo de tomar algunas fotografías:


También llegué a tiempo de encontrar una nueva campana contenedora y de encerrar el fruto recién abierto bajo ella.

Ha empezado un nuevo proceso dinámico. Esta campana no tiene orificio y he dejado un resquicio, colocando unos palillos debajo, para facilitar que la humedad que se condense en su interior acabe desapareciendo.


Pronto sabréis cómo han seguido evolucionando mis particulares sistemas dinámicos.

Los otros dos frutos siguen intactos y a la sombra, en la cocina. Tengo la impresión de que están menguando.

Milanos, calamares, sardinas y un sistema dinámico

 

Terminé el artículo dedicado a los milanos de miraguano diciendo:

… he metido uno de los frutos que he recogido bajo una campana de cristal, que no sé de dónde salió, y a la que hasta ahora no había encontrado utilidad. Ahora se ha convertido, momentáneamente, en una campana contenedora de milanos sedosos.

He averiguado el origen de la campana:

Se trata de la cubierta protectora de una lámpara que se coloca en las barcas para ir a pescar calamares, sardinas, boquerones y jureles. Esta actividad se lleva a cabo desde el atardecer hasta el amanecer. La luz encendida en un extremo de la barca ilumina el agua y atrae a los calamares y los peces, que se vuelven más vulnerables a las poteras y las redes que diestramente manejan los pescadores con el objetivo de atraparlos.

Sin saberlo, la nueva función que he otorgado a la campana enlaza a la perfección con su función original: la de proteger

 

Dentro de la campana, el fruto de miraguano que coloqué, ha experimentado cambios y ha pasado algo que no había previsto.

El cristal se ha cubierto de gotas de agua de condensación.

Esto me hace conectar con la obra de Hans Haacke: Condensation cube (Cubo de condensación).

Está expuesta actualmente en el MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona), formando parte de la exposición: Colección 31.

Conozco bien esta pieza porque me he pasado bastante tiempo trabajando alrededor de ella para crear un material sencillo con el objetivo de que los niños que visitan el museo puedan manipularlo en las salas y ver de cerca el efecto de la condensación del agua sobre una superficie transparente y experimentar, jugando, las posibilidades de cambiar la disposición de las gotas.

También he dedicado tiempo a leer el ensayo que escribió en 1968 el biólogo y filósofo Bertalanffy: “Teoría general de los sistemas”. Las ideas que expone sobre la concepción de los organismos vivos como sistemas abiertos que cambian al interaccionar con el entorno, interesaron a Haacke. El artista hace una transposición de este concepto en el ámbito del arte en algunas de sus primeras obras como Condensation cube.

El agua que contiene el cubo de metacrilato transparente se condensa dentro de éste y experimenta variaciones en función de la temperatura ambiente, que se ve influenciada por la presencia de los espectadores en la sala donde está expuesta.

Mi campana también alberga un sistema dinámico. La he dejado expuesta a los rayos de sol y el fruto del miraguano ha ido abriéndose progresivamente y las semillas que contiene se han dispersado por la campana, que las protege impidiendo que salgan volando. La humedad contenida en el fruto se ha condensado en el interior y el cristal se ha cubierto de gotitas de agua que varían de tamaño y se disponen de una manera que está influenciada, creo, por la temperatura de la superficie. Sospecho que no es homogénea, especialmente a determinadas horas del día.

He estado jugando con la campana. Durante la noche, según si la acerco o alejo de la chimenea, la disposición de las gotas varía y también lo hace su medida.

Han pasado los días y tengo la impresión de que la condensación ha disminuido. La campana tiene en la parte superior un pequeño orificio que permite que el agua condensada se evapore lentamente.

¿Hasta cuándo durará este dinamismo?Me propongo averiguar si la condensación acabará desapareciendo del todo. Creo que sí.

Mientras, me divierto haciendo fotografías de los efectos visuales de gotas y penachos, que encuentro especialmente atractivos, y los cambios que experimenta mi particular contenedor de milanos de miraguano, el protector de la lámpara para atraer calamares, sardinas y otros peces, que alberga en estos momentos un sistema dinámico.

 

Desayuno de domingo

 

Tres días después de afirmar que no tenía intención de cambiar las manzanas para que quien quisiera fruta se animara a picotear la pera, he vencido mis reticencias a renovar las golosinas del jardín.

Tengo motivos más que suficientes para haber cambiado de opinión:

  • Ya he pillado a un simpático herrerillo en plena acción y queda documentado a través de las fotografías que por lo menos una de las especies que visita el jardín, come pera:
  • También he podido observar a un carbonero común picoteando la pera, aunque no he podido hacer ninguna fotografía.
  • Llevo días sin ver a las hembras de las dos especies de currucas y el macho de la cabecinegra aparece ocasionalmente. A mí lo que más me gusta es disfrutar de ver el rincón de los comederos, lleno de pájaros.
  • Si comparo el precio de ambas frutas, me compensa seguir colgando manzanas, dado que además parece que los pájaros las prefieren a las peras.

Aprovecho que es domingo y me dispongo a preparar un desayuno digno de este día de la semana. Ayer compré fresas. Pienso que una fresa tal vez sea una golosina extra interesante… Sin embargo, necesitaré un soporte especial para poder ensartarla y que la pueda colgar sin peligro de que se caiga, porque tiene poca consistencia. Tengo una idea y acabo montando el taladro y sacando algunas herramientas para preparar el desayuno.

He aquí el resultado:


El soporte para la fresa ha quedado estupendo (falta saber si funcionará como creo que lo hará). La mitad de un fruto de jacarandá me ha servido para hacer una especie de platito individual. He puesto también una pieza de madera debajo, a juego con la fresa, para sujetar bien el alambre donde la he ensartado.

Cuando acabo de escribir estas líneas ya ha empezado el festín en el jardín, pero la fresa aún no la he colgado. Quiero esperar el momento en que pueda acechar un rato con la cámara en mano…

Milanos de miraguano

En el artículo que dediqué a hablar de materiales naturales apropiados para ser manipulados por los niños en el jardín de infancia, prometí desvelar qué tipo de fruto es una especie de pera enorme que cuelga cabeza abajo de algunos árboles, en esta época del año.

        

La manera en que yo lo descubrí aún me hace sonreír…

Fue hace muchos años, y recuerdo vagamente que uno de estos frutos había llamado mi atención de camino a casa. Colgaba de una enredadera trepadora y al cortarlo salió látex y me dejó las manos pegajosas. Era ligero a pesar del tamaño. Lo dejé encima de algún estante, bien a la vista en la habitación principal de la casa que hacía las veces de comedor, sala de estar y recibidor. Me había propuesto averiguar de qué se trataba y observar qué cambios experimentaba la extraña pera.

Días después, al llegar a casa y abrir la puerta me quedé absolutamente atónita al ver la habitación invadida de cientos de milanos voladores revoloteando por todas partes. No pude evitar un ataque de risa en aquel momento, me pareció absolutamente fascinante encontrarme rodeada de delicados y etéreos pelillos voladores. Tardé un buen rato en descubrir su origen, hasta que encontré el fruto que había cortado días atrás, totalmente abierto. Reconozco que después no me hizo tanta gracia el proceso de eliminación, los milanos volaban en todas direcciones y acabaron colándose en toda la casa…

Descubrí entonces que se trataba del fruto del miraguano (Araujia sericifera) una planta originaria de América del Sur, de rápido crecimiento en enredadera, que se ha adaptado bien al clima mediterráneo.

Cuando hace unos días alguien preguntó en el transcurso de una sesión de formación si sabía qué podía ser una especie de pera colgante, me acordé al instante de la experiencia.

Cuando concebí este artículo pensé en explicar algo que me pareció importante: no considero apropiado el fruto del miraguano para ser manipulado directamente por los niños. Sin embargo, siempre me parece interesante seguir examinando las posibilidades que ofrecen las cosas aun habiéndolas descartado inicialmente y ello me ha llevado a ir a buscar miraguanos, a hacer fotos, experimentos (que siguen en curso) y a escribir lo siguiente:

El fruto del miraguano puede ser objeto de un interesante proceso de observación por parte de niños de todas las edades.  Ver su estructura interna cuando aún no está maduro y los cambios que experimenta hasta abrirse y dispersar todas las semillas que contiene, puede resultar una experiencia atractiva, bonita y divertida.   

Estas son algunas de las fotografías que he hecho estos días:

 

Tengo otro motivo para defender esta sencilla idea y se lo debo al artista colombiano Nicolás Paris, que expone en estos momentos en Caixafòrum Barcelona su obra: El diálogo, el rumor, la luz, las horas o (prototipo para material pedagógico).  La semana pasada descubrí con sorpresa y simpatía que uno de los trabajos que forman parte de la exposición es un vídeo que sigue el recorrido de un milano viajero, impulsado por el viento, como los que salen del fruto del miraguano. El vídeo me pareció sencillamente delicioso. Y lo mismo la exposición, que sin duda alguna recomiendo ir a visitar a todo aquel que pueda y esté dispuesto a dejarse sembrar de relámpagos …

He dedicado unos días a trabajar con los miraguanos y me apetecía  ver cómo salen las semillas volando, pero esta vez estoy haciendo un experimento de forma controlada y después de fotografiar una parte del proceso he metido uno de los frutos que he recogido bajo una campana de cristal, que no sé de dónde salió, y a la que hasta ahora no había encontrado utilidad. Ahora se ha convertido, momentáneamente, en una campana contenedora de milanos sedosos.

Curso: Lenguajes artísticos en el jardín de infancia

 

El pasado fin de semana tuve el placer de impartir un curso dirigido al equipo de maestras y educadoras de la Escuela Bressol Municipal El Rial, de Sant Cebrià de Vallalta. El curso versaba sobre Lenguajes artísticos y tenía por objetivo asesorar al equipo docente del centro para montar un espacio de expresión y experimentación artística en la escuela.

Destaqué la importancia de proporcionar estímulos, materiales y oportunidades a todos los niños para que puedan desarrollar actividades artísticas que contribuyan a su desarrollo integral. Tratamos cuestiones relacionadas con los materiales, la organización del espacio y el diseño de actividades. También traté de proporcionar herramientas y recursos para que las personas que forman el equipo docente fueran conscientes de su propia capacidad creativa y de las implicaciones que esto tiene en el desarrollo de su tarea educativa.

Recomendé el uso de materiales naturales para poner a disposición de los niños. Desde mi perspectiva, estamos rodeados en exceso, de materiales artificiales, que ofrecen experiencias sensitivas pobres.

Tenemos a nuestro alcance gran cantidad de materiales naturales interesantes que podemos reunir con poco esfuerzo, si planificamos algunas cosas, y también si contamos con colaboración.

En la fotografía siguiente he reunido algunos de los materiales que examinamos:

 

  1. Coco
  2. Frutos de casuarina
  3. Cañas de bambú de diferentes diámetros. En forma de tubo vacío o con nudos que permiten utilizarlos de contenedor. También partidas por la mitad
  4. Frutos de jacaranda
  5. Fruto de magnolia

He olvidado poner el número 6 directamente sobre el soporte que he utilizado para hacer la fotografía: corcho

Continuaré hablando sobre materiales naturales con fines educativos. El curso me permitió detectar interés por el tema y desconocimiento en general de las posibilidades que los recursos naturales que nos rodean nos pueden facilitar.


P.D: En el transcurso del curso se produjo una consulta botánica inesperada: surgió interés por saber qué tipo de fruto es una especie de pera gigante que cuelga de los árboles y que crece cerca de la escuela.  Anticipé la respuesta de forma casi instantánea y esbocé una sonrisa al recordar cómo averigüé yo, hace años, de qué se trataba. Lo desvelaré en el primer artículo que dedique a cuestiones botánicas.